La vergüenza de la vergüenza

Creo no ser lo suficientemente interesante o ingenioso como para estar exponiendo mis pensamientos de manera inmediata a cientos o miles de personas. Suena contradictorio, considerando que ahora escribo lo que pienso en un blog que puede leer cualquiera, todos o nadie. Pero la motivación que hay detrás de un tuiteo, de la acción de plasmar una idea rápida que cause cierto impacto, contiene un misterio o un éxtasis que no soy capaz de experimentar.

Tuve una cuenta personal de twitter, y aunque por momentos fue muy divertido, lo que más recuerdo son los largos instantes de angustia buscando una genialidad que no encontraría. Por favor, cabecita, dame algo inteligente para decir, algo sarcástico para provocar. Lo peor era apurar un chiste sin destino o improvisar una ironía vacía: las ganas de satisfacer esa sed de inspirada ocurrencia generaban, al final, una vergüenza mayor a la satisfacción que buscaba.

Porque, ¿para que tener y usar un twitter a nombre propio si no es para proyectar la mejor imagen posible de uno mismo? Nunca me pareció atractivo contar lo que estaba haciendo, compartir los lugares que frecuento o exponer mis estados de ánimo. Siempre sentí que twitter era una manera más, una muy potente y rápida, para reforzar el lado que más me gustara de mí. Y el lado que más me gusta de mí es uno que quizá no tengo: la ocurrencia, la agudeza, la velocidad.

Ayer leí la columna de un irlandés, un tal Mark O’Connell. que no era particularmente buena pero tenía un párrafo que me llevó a pensar en todo esto: 

«Pienso que hay un rastro de vergüenza en la pura iniciativa de tuitear, una cierta y subterránea ignominia al formular una pregunta que no obtiene respuesta, al ofrecer una aguda ocurrencia que no consigue hacer su camino, que nunca recibe la bendición de ser retuiteada o favoriteada. Más que aliviarla, la estupidez y la trivialidad de todo esto empeora la vergüenza, agregándole a la experiencia una especie de turbación de segundo orden: una vergüenza de la vergüenza».  

Por eso dejé de usar twitter. No tanto porque me pareciera superfluo o porque me hiciera perder mucho tiempo. Siento que no tengo demasiado que contarle a nadie, menos de manera inmediata, eso es cierto, pero lo que me hizo abandonarlo fue mucho más esa “vergüenza de la vergüenza”: la angustia de saberme angustiado por algo que no lo merece.  

Por Cristóbal

(No) Todos dicen te quiero

Slavoj Žižek habla en un video de youtube sobre cómo el hecho de avergonzarnos de nuestras secreciones, es finalmente lo que nos separa de las otras especies animales. En realidad el filósofo indaga más en la idiosincracia de ciertos pueblos a partir de la forma de los retretes. Nunca lo había pensado, pero es bastante curioso lo acertado que es. Tenemos desodorantes, antitranspirantes, perfumes, colonias, toallitas húmedas, jabones de diversos colores y aromas, desinfectantes. En cada compra del supermercado sabemos que llevaremos ese producto que se deshace del 99,9% de las bacterias o cuando queremos que una guagua nos preste atención y no se acerque a la mugre unimos dos palabras fatales: "No! Caca!"

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