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Amistad

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Antes de llegar al paradero, justo al cruzar la calle, pasan una, dos micros que me sirven.  Pienso en mi mala suerte, los diez segundos que me faltaron para llegar. ¿En qué los malgasté? ¿Qué hice diez segundos de más en mi casa que me impidieron tomar la micro? La mirada en el espejo después de mear tiene que ser más corta, me digo, tratando de convencerme de que mi vida no es una constante pérdida de tiempo —un constante llegar tarde a la micro.

Pero la fatalidad desaparece minutos después, cuando una tercera micro se asoma. Junto a mí en el paradero hay un señor, una señora, y dos mujeres jóvenes. Todos nos subimos, y ellas se sientan juntas en la segunda fila, de espaldas al trayecto. Las veo conversar, compartir lo que aparece en sus teléfonos. Se ríen despacio. Supongo que son amigas.

Muchas veces me subo a las micros sin pagar. Paso la tarjeta y aparece la luz roja, pero los choferes oponen tan poca resistencia últimamente que ni siquiera hay que pedirles permiso. El sistema, aparte, obliga tantas veces a tomar el metro que da un poco lo mismo: ese viaje igual no me lo iban a cobrar. A las viejas sentadas adelante, que antes te condenaban con sus miradas llenas de moralina, ahora apenas les importa y con suerte te miran de reojo.

Esta vez, en cambio, tenía plata en la tarjeta. Me senté, sin ganas de leer, mirando por la ventana la ciudad que empezaba a llenarse de trabajadores saliendo de sus trabajos. El largo viaje a casa —y yo recién saliendo de la mía. Pero la micro se detiene a mitad de cuadra, bruscamente. Delante, un carabinero y dos inspectores del gobierno la paran con la mano. Se suben a fiscalizar, quién pagó y quién no.

El paco se sube prepotente, con lentes de sol policiacos, cuando son las 5.40 de la tarde y está a punto de oscurecer. Trata de intimidar. Los inspectores piden las tarjetas, y revisan si se hizo el pago o no. Por suerte pagué. Pero una de las dos amigas que iban conversando no lo hizo. Un inspector imprime un papelito, el paco lo firma, ella no sabe muy bien qué decir y la bajan de la micro. Su amiga se queda sentada, con un dedo en la boca.

La mujer se trata de defender, algo trata de explicar, pero ellos tienen la cara satisfecha de la autoridad cumpliendo su deber, esa especie de seriedad sorda y orgullosa que jamás cederá en su posición. La amiga sigue sentada, cara de susto, cuando el paco, todavía con lentes, le dice al chofer que avance. La micro sigue su recorrido, la mujer se queda en la calle, su amiga nunca se levantó del asiento.

Yo sé que no soy el mejor amigo de nadie, pero al menos ahora sé que no soy el peor. 

Por Cristóbal.