Estaba mirando algo en youtube, goles o un videoclip, cuando alguien, en otro escritorio más allá, redactaba un mail bastante largo. Sonó el teléfono pero nadie se paraba a contestar. En un computador alguien puso una canción de Bob Marley. Era una mañana cualquiera en la oficina.
Un jefe llegó del minimarket con un cupcake, aunque nunca supe si era un cupcake, un muffin o un brownie. Parece que era de arándano. De repente, se escucharon gritos que venían de afuera, muchos zapatos corriendo y una sirena policial. Todos salimos al patio a mirar. Era una marcha, y varios escolares corrían de los carabineros, que iban en autos y en motos.
Una reja separa nuestra oficina de la calle. Dos niñas, una pelirroja y la otra morena, vestidas de jumper, nos miraron a través de ella. Sonreían, pero no por coquetería o complicidad. Sonreían porque sabían —o al menos parecían saber— que en ese momento y en ese lugar, ellas estaban haciendo lo que tenían que hacer. Sostuvieron su sonrisa hasta la esquina, escapando tranquilas de la policía, cuando doblaron por la avenida y ya nos las pudimos ver más.
Después de un silencio atroz, donde ninguno se atrevió a mirarse, volvimos despacio a trabajar.
Por Cristóbal
Una noche de miércoles, como a las doce y media y después de carretear en la tarde, me bajé de una micro y caminé a mi casa. Era verano. Varias cuadras separaban al paradero de mi puerta, entonces caminando aproveché de ver todas las cosas que son tan atractivas en la medianoche de un día de semana.
Los locales cerrados pero con sus luces interiores prendidas, los perros que duermen en ovillo, la gente que de lejos se escucha y se ve venir. A la distancia, uno se la imagina agresiva, fea, triste o curada, pero después hay unos tres segundos para verla realmente, mirarla a los ojos y sacar conclusiones. Yo siempre me pregunto qué hace la gente en la noche a esa hora, un miércoles: adónde van, de dónde vienen, a qué hora se tendrán que levantar mañana.
Una de esas personas era una señora regando el pasto, afuera de su casa. Usaba mucha agua. Me puse a pensar: ¿qué personas riegan a esta hora, 12.35 de la noche? ¿Las que sólo pueden hacerlo a esa hora, las que al momento de acostarse se acordaron, o las que tratan de escaparse de algo, regando y volviendo a regar un pasto perfectamente cuidado? Pasé por su lado, esperando más bien que no me mojara, pero de pronto me preguntó, con una voz tranquila: ¿Por qué tan tarde?
Read moreSi enciendo la tele a las nueve de la noche en un canal nacional, hay una probabilidad altísima de encontrarme con una historia de violencia. Y lo que es peor: de violencia privada. Violencia de personas que por distintas razones, siempre fuera de la ley, pocas veces relacionadas con temas públicos, decidieron solucionar sus problemas con violencia. Casi siempre hay muertos, siempre algún herido.
Read moreCuando leo cosas que me parecen de una verdad suprema, de esas cosas que si uno se las toma suficientemente en serio podrían cambiar y mejorar tu vida, normalmente me viene un deseo intenso por compartirlas. Puedo interpretarlo como una bondad por compartir esto tan groso que estoy leyendo, pero prefiero verlo como un acto de soberbia, como si yo fuera tan bacán que las cosas que me afectan le van a importar e interesar al resto también.
Read moreLamentablemente, el femenino de perro, perra, tiene además un carácter muy despectivo. Es difícil decir perra sin que suene como una maldita perra. Por eso a mi perra le decimos perro.
Ella, mi perro, se llama Chica. Su madre era una cóquer espaniel de raza, su padre nadie nunca supo quién fue. Sospechamos de un perro negro, chico, ruliento y algo sucio, que solía dar vueltas por el barrio. Al nacer, la Chica resultó ser muy chica, como cualquier otro perro recién nacido, pero nosotros encontramos que era más chica que ninguna otra cosa en el mundo. Por eso es la Chica.
Read moreAntes de llegar al paradero, justo al cruzar la calle, pasan una, dos micros que me sirven. Pienso en mi mala suerte, los diez segundos que me faltaron para llegar. ¿En qué los malgasté? ¿Qué hice diez segundos de más en mi casa que me impidieron tomar la micro? La mirada en el espejo después de mear tiene que ser más corta, me digo, tratando de convencerme de que mi vida no es una constante pérdida de tiempo —un constante llegar tarde a la micro.
Pero la fatalidad desaparece minutos después, cuando una tercera micro se asoma. Junto a mí en el paradero hay un señor, una señora, y dos mujeres jóvenes. Todos nos subimos, y ellas se sientan juntas en la segunda fila, de espaldas al trayecto. Las veo conversar, compartir lo que aparece en sus teléfonos. Se ríen despacio. Supongo que son amigas.
Muchas veces me subo a las micros sin pagar. Paso la tarjeta y aparece la luz roja, pero los choferes oponen tan poca resistencia últimamente que ni siquiera hay que pedirles permiso. El sistema, aparte, obliga tantas veces a tomar el metro que da un poco lo mismo: ese viaje igual no me lo iban a cobrar. A las viejas sentadas adelante, que antes te condenaban con sus miradas llenas de moralina, ahora apenas les importa y con suerte te miran de reojo.
Esta vez, en cambio, tenía plata en la tarjeta. Me senté, sin ganas de leer, mirando por la ventana la ciudad que empezaba a llenarse de trabajadores saliendo de sus trabajos. El largo viaje a casa —y yo recién saliendo de la mía. Pero la micro se detiene a mitad de cuadra, bruscamente. Delante, un carabinero y dos inspectores del gobierno la paran con la mano. Se suben a fiscalizar, quién pagó y quién no.
El paco se sube prepotente, con lentes de sol policiacos, cuando son las 5.40 de la tarde y está a punto de oscurecer. Trata de intimidar. Los inspectores piden las tarjetas, y revisan si se hizo el pago o no. Por suerte pagué. Pero una de las dos amigas que iban conversando no lo hizo. Un inspector imprime un papelito, el paco lo firma, ella no sabe muy bien qué decir y la bajan de la micro. Su amiga se queda sentada, con un dedo en la boca.
La mujer se trata de defender, algo trata de explicar, pero ellos tienen la cara satisfecha de la autoridad cumpliendo su deber, esa especie de seriedad sorda y orgullosa que jamás cederá en su posición. La amiga sigue sentada, cara de susto, cuando el paco, todavía con lentes, le dice al chofer que avance. La micro sigue su recorrido, la mujer se queda en la calle, su amiga nunca se levantó del asiento.
Yo sé que no soy el mejor amigo de nadie, pero al menos ahora sé que no soy el peor.
Por Cristóbal.
Tengo 25 años, 3 hermanos, 2 padres y una familia. 2 de mis 4 abuelos murieron, conocí a 1 bisabuela, y a muchos de mis parientes no los reconocería en la calle. 1 ancestro vino de Yugoslavia, otro de Cataluña y el resto no se sabe. 1 de mis tías se llama Silvia pero le dicen Gigi.
Read moreTener ímpetu y saltar de una desesperación a otra, parecen significar lo mismo el día de hoy.
Decir me gustas, te quiero, te amo, requiere agallas y un poco de descontrol. Descontrol sobre tus propias emociones y desconocimiento de las de los demás. Porque cuando uno dice esas cosas, en realidad no le importan los demás. Sólo pretendemos fundirnos con nuestras propias ideas, todo lo que nos es placentero. Las agallas son porque también debemos estar preparados para que el otro no se sienta como nosotros, no desesperar y esperar —quizás— a que las cosas sucedan. Aún cuando nunca lo hagan.
Ilusión y realidad fundidas en el mismo acto, desesperado y al mismo tiempo esperanzado, bipolar.
Todos somos principiantes.
A riesgo de parecer prejuicioso, voy a entregar mi observación personal sobre un hecho que creo afecta profundamente la vida de las mujeres.
He fantaseado con esta idea desde los años en que tenía que tomar el bus a las 6:15 am para venir a clases a Stgo. En ese tiempo también pensaba que podría haber viajado durante mi época escolar a Stgo, para estudiar en el colegio que realmente quería estudiar.
Arriba del bus con un silencio dominical, veía los rostros de las personas azulados por el color de la madrugada. Morenos todos o casi todos y nunca una niña se sentaba a mi lado.
15 minutos después de la salida del bus desde el terminal, por Calle Larga los árboles de moras dejaban pasar los primeros rayos del sol entre las ramas. Mi cara recibía esos reflejos intermitentes como flashbacks de todas las cosas que podría haber hecho ese día. Este era el momento cuando comenzaba la sensación. Primero se me helaban las piernas, los músculos rígidos me dolían como si en cualquier momento fuera a quedar inválido. Luego las manos, azules y gruesas por el frío. Me las miraba. Volvía a mirar a la calle y los árboles ya no estaban, en su lugar grandes cerros y quebradas. Esperaba que algo desviara al bus y todos rodáramos cuesta abajo. Me imaginaba los cuerpos revolviéndose dentro, las cosas volando, la gente gritando sordamente. Los vidrios quebrándose eran mi parte favorita, porque sonaban más fuertes que cualquier otra cosa, estallaban como la presión que todas esas personas nunca más iban a volver a sentir en la vida. Si me preguntan a mí, todo ese jaleo, era un buen precio que pagar por no tener más preocupaciones. En mi fantasía yo no moría hasta el último minuto, primero veía todo y registraba los movimientos para llevármelos de recuerdo. Jamás me imaginaba mi funeral, ni lo que diría la gente de mí. Me gustaba la idea de ser uno más entre tantos. Era un accidente, probablemente no podrían culpar a nadie, porque no habría nadie a quien culpar. Sería uno de los cuarenta y tantos pasajeros y hablarían de los fallecidos y no de mí en alguna parte. Mi familia obviamente estaría triste, pero también se dejarían llevar por el efecto de tragedia de todo el asunto y lo superarían rápido. Es por esto que la opción me parecía mucho más atractiva que un suicidio, es más fácil aceptar una realidad de un accidente que la de la premeditación, para los que quedan vivos me refiero.
Ahora cuando me subo a un bus me preocupo mucho de ver las caras que se me cruzan, podrían ser mis compañeros de viaje al más allá. Espero que lo sean.