Vivir solo

Vivir solo y vivir solo, son dos cosas distintas.

He vivido solo con gente. No hablo de ese sentimiento común que hemos tenido de estar en un lugar y querer socializar con un perro en lugar de con los humanos. He vivido solo con gente porque no me interesaba comunicarme con ellos. Trabajaba hasta tarde y llegaba cuando todos estaban durmiendo. A veces, nos cruzábamos en la cocina. A veces. Pero en mi reino hecho de escritorios de madera, libros, un colchón y algunas almohadas viejas, la soledad era un refugio exquisito en el que podía imaginar mi vida acompañado de alguna persona con la que no tuviera que hablar. Con los domingos escuchando su estómago rugir después de almuerzo. En una siesta. 

He vivido solo solo como ahora, pero no tanto como ahora, igual tengo un gato que no es mío. Lo estoy cuidando o él me está cuidando a mí y no lo he entendido todavía. Los libros siguen ahí, el escritorio también. Pero ahora no tengo que esconderme de nadie, ni llegar tarde. De todas formas llego tarde. Más tarde de lo que solía llegar cuando vivía con gente. Me levanto temprano también. Dejo las ventanas abiertas para que entre el primer sol de la mañana, el más amable. La cama no la hago nunca. Quizás el domingo. A nadie le importa si no hago la cama, porque no hay a nadie a quien le vaya a importar que viva en esa casa, excepto quizás al dueño que va a cobrarme el arriendo el 2 de cada mes. 

Tengo dos ventanas grandes en la pieza y otras dos en el living. Aún así el lugar es oscuro y la madera del piso suena. A veces me penan y aunque soy miedoso con ese tipo de cosas, no he llegado a exaltarme aún. La otra vez prendieron la radio a las 4:30 am y me apagaron la tele a las 1:00 am. Debe ser algún fantasma de un scout. 

Como dije hay una diferencia. 

Diego

La vergüenza de la vergüenza

Creo no ser lo suficientemente interesante o ingenioso como para estar exponiendo mis pensamientos de manera inmediata a cientos o miles de personas. Suena contradictorio, considerando que ahora escribo lo que pienso en un blog que puede leer cualquiera, todos o nadie. Pero la motivación que hay detrás de un tuiteo, de la acción de plasmar una idea rápida que cause cierto impacto, contiene un misterio o un éxtasis que no soy capaz de experimentar.

Tuve una cuenta personal de twitter, y aunque por momentos fue muy divertido, lo que más recuerdo son los largos instantes de angustia buscando una genialidad que no encontraría. Por favor, cabecita, dame algo inteligente para decir, algo sarcástico para provocar. Lo peor era apurar un chiste sin destino o improvisar una ironía vacía: las ganas de satisfacer esa sed de inspirada ocurrencia generaban, al final, una vergüenza mayor a la satisfacción que buscaba.

Porque, ¿para que tener y usar un twitter a nombre propio si no es para proyectar la mejor imagen posible de uno mismo? Nunca me pareció atractivo contar lo que estaba haciendo, compartir los lugares que frecuento o exponer mis estados de ánimo. Siempre sentí que twitter era una manera más, una muy potente y rápida, para reforzar el lado que más me gustara de mí. Y el lado que más me gusta de mí es uno que quizá no tengo: la ocurrencia, la agudeza, la velocidad.

Ayer leí la columna de un irlandés, un tal Mark O’Connell. que no era particularmente buena pero tenía un párrafo que me llevó a pensar en todo esto: 

«Pienso que hay un rastro de vergüenza en la pura iniciativa de tuitear, una cierta y subterránea ignominia al formular una pregunta que no obtiene respuesta, al ofrecer una aguda ocurrencia que no consigue hacer su camino, que nunca recibe la bendición de ser retuiteada o favoriteada. Más que aliviarla, la estupidez y la trivialidad de todo esto empeora la vergüenza, agregándole a la experiencia una especie de turbación de segundo orden: una vergüenza de la vergüenza».  

Por eso dejé de usar twitter. No tanto porque me pareciera superfluo o porque me hiciera perder mucho tiempo. Siento que no tengo demasiado que contarle a nadie, menos de manera inmediata, eso es cierto, pero lo que me hizo abandonarlo fue mucho más esa “vergüenza de la vergüenza”: la angustia de saberme angustiado por algo que no lo merece.  

Por Cristóbal

Suave y quejumbrosa

El otro día, aunque era de noche, una señora en la micro dijo:

—Chofer, ¿acá están los carabineros? Por favor, chofer, los carabineros.

Estaba sentada, usaba lentes de sol, tenía una muleta y su voz era suave pero quejumbrosa. Era difícil saber si estaba sufriendo, gozando o a punto de quedarse dormida. Nadie dijo nada. Volvió a repetir las mismas palabras, aunque quizá les alteró el orden, pero el chofer igual no las escuchó. Nos miramos con la China, y como justo era el paradero en que nos bajábamos nosotros, tomé a la señora de una mano y la ayudé a salir de la micro. Su mano era grande, áspera y se sentía hinchada. Una mano que atrapaba la mía, que parecía tener la fuerza suficiente como para llevarme a cualquier parte y convencerme de cualquier cosa, aunque no hizo nada más que seguirme.

—Es que no veo bien, es que los carabineros, en Pedro Aguirre Cerda, ¿esta es la micro?, la 4424, me pegaron, ay, acá en la cabeza en las manos me pegaron, son malos, ¿acá están los carabineros?

Con una mueca que no supe si era de risa o dolor, y la misma voz suave y quejumbrosa, entre agonizante y extasiada, decía todas las palabras que tenía en la cabeza en un orden aleatorio. Le pregunté qué le había pasado. Me dijo que eran tan malos, le habían pegado porque la maldad, porque estaba ahí en la calle pero los carabineros, ¿estamos cerca?, muchas gracias, lolo.

Media como un metro y medio y era gorda, vestía una falda y además cargaba un carrito de feria vacío. Le pregunté, para saber algo, para entender si lo suyo era locura, dolor, emergencia o aburrimiento, cuál era la función del carrito. Ahí llevo las cosas que me dan, dijo, papas, ropa, en las casas, cositas, ay, ahí en Pedro Aguirre Cerda los malos me pegaron, me tiraron al suelo, papas y ropa.

No dijo que era ciega, pero no veía nada. No dijo que era loca, pero no se le entendía nada. Dijo que le habían pegado, pero no tenía heridas. Llegamos a la comisaría, una paca estaba en la puerta, le digo que encontré a esta señora en la micro, que no puede ver y que quiere hablar con los carabineros.

—Cuénteme —le dijo sin mirarla.

Sin mirarla, la paca escucha la misma suavidad, el mismo dolor, aunque diferente: es que los carabineros me pegaron, en los brazos en la cabeza me pegaron, son tan malos, ¿y ustedes son los carabineros, de Santiago, han estado siempre? Ay, me duele. Quiero hablar con los carabineros.

—¿Qué cosa? —le preguntó, saludando a otra paca dentro del cuartel.

No supe qué hacer más que mirar a la señora ciega hablar y a la paca escuchar sin mirar. Uno o dos minutos después, quizá fueron treinta segundos, la paca me miró, me dijo gracias, firme y despacio, y volvió a mirar a otro lado. La señora, en medio de su monólogo atomizado y sus palabras molidas y revueltas, también me dio las gracias.       

—Gracias, lolo. 

Por Cristóbal

Parque Forestal

Era la tarde del 1 de enero. Hacía calor, la gente en la calle vestía shorts y todos parecían tener una caña feliz. Yo estaba en el parque forestal, leyendo y cuidando a mi hijo, cuando un grito de mujer se escuchó muy fuerte. “¡No hai hecho nada! ¡No hai hecho nada! La mujer que lo había gritado era gorda y estaba sentada sobre una manta, al lado de un hombre ancho y recostado al que no se le veía la cara. Aunque fue un alarido de desesperación, tan fuerte que todo el parque se dio vuelta a mirarla, la mujer no movió ninguna parte de su cuerpo al gritar. Sólo gritó.

Las familias que reían o los niños que jugaban no dejaron de reír ni de jugar, pero ese grito fue como un rasguño, como una invisible mancha de grasa sobre el día de año nuevo. Ni la mujer ni el hombre se movieron. El grito pareció congelarlos.

Read more
El lobo

Esperando a cargar la bip a las cinco de la tarde, en una fila larga del metro Estación Central, y como un alfiler en la nuca, tuve una punzante noción de nuestra insignificancia colectiva.

En la pared principal de la boletería, justo detrás de los torniquetes, había un mural gigante de la Fundación Futuro, creada por Sebastián Piñera y hoy dirigida por su hija y su prima. En él se difundían imágenes e información del parque privado Tantauco, muy bonito en Chiloé, cuyo nombre también comparte el grupo que ideó el programa del actual gobierno. Un disfraz de oveja.

Read more
Dilema

Racionalmente, no me gusta la comodidad. Sospecho de ella. Prefiero la micro al taxi, caminar que andar en auto. Siento que soy más persona, más capaz, más despierto, más vivo, cuando tengo hambre que cuando estoy satisfecho.

Pero físicamente, me cuesta mucho dormir si no tengo dos almohadas. Las ensaladas me gustan mucho con aceite de oliva y las duchas largas con agua caliente. Me gusta comprarme libros, y aunque no quiera aceptarlo, más que por leerlos, que los leo, es para verlos ahí, paraditos, acumulados en mi estante.

Me convence la idea de tener poco, justo lo necesario. De que no sobre nada. Mi madre se endeudaba para que nunca nuestra ropa estuviera rota, siquiera una hilacha colgando, pero yo crecí con la idea de no botar lo que todavía sirve, aunque proyecte una pobreza que no es tal. Quizá era una pretensión igual a la de mi mamá: ella me quería limpio y ordenado, yo me quería sucio y roto. Quería eludir con mis pantalones rajados y mi polera gastada esa comodidad y bienestar que proyectaba con la pinta. Que nadie supiera que en mi casa teníamos piscina y siempre una casata de helado en el freezer.  

"Donde está el peligro está la salvación", concluí después de leer a mucha gente muy buena que promovía la incomodidad. El riesgo y la carencia como condiciones necesarias para ser mejor; productivamente, espiritualmente. No se trata de aparentar pobreza, creo, sino de no hundirse en el comfort.

Y trato y lucho pero me cuesta. Estoy incómodo en mi comodidad, pero no puedo dejar de gozar cuando me lavo el pelo con un buen champú, o cuando llego a mi casa en las tardes de invierno y mi moderna estufa mantiene todo en un cómodo calor.   

Por Cristóbal

Un océano de un centímetro de profundidad

En The Office, en el capítulo “Shareholder meeting”, Michael Scott es invitado a la junta de los accionistas de Dunder Mifflin, poco antes de la quiebra de la empresa, como un ejemplo de que la cosa puede mejorar, dado que su sucursal era la única que dentro de la crisis mantenía su posición.

Read more
Sonrisa

Estaba mirando algo en youtube, goles o un videoclip, cuando alguien, en otro escritorio más allá, redactaba un mail bastante largo. Sonó el teléfono pero nadie se paraba a contestar. En un computador alguien puso una canción de Bob Marley. Era una mañana cualquiera en la oficina.

Un jefe llegó del minimarket con un cupcake, aunque nunca supe si era un cupcake, un muffin o un brownie. Parece que era de arándano. De repente, se escucharon gritos que venían de afuera, muchos zapatos corriendo y una sirena policial. Todos salimos al patio a mirar. Era una marcha, y varios escolares corrían de los carabineros, que iban en autos y en motos.

Una reja separa nuestra oficina de la calle. Dos niñas, una pelirroja y la otra morena, vestidas de jumper, nos miraron a través de ella. Sonreían, pero no por coquetería o complicidad. Sonreían porque sabían —o al menos parecían saber— que en ese momento y en ese lugar, ellas estaban haciendo lo que tenían que hacer. Sostuvieron su sonrisa hasta la esquina, escapando tranquilas de la policía, cuando doblaron por la avenida y ya nos las pudimos ver más.

Después de un silencio atroz, donde ninguno se atrevió a mirarse, volvimos despacio a trabajar.

Por Cristóbal

Parabólica

Una noche de miércoles, como a las doce y media y después de carretear en la tarde, me bajé de una micro y caminé a mi casa. Era verano. Varias cuadras separaban al paradero de mi puerta, entonces caminando aproveché de ver todas las cosas que son tan atractivas en la medianoche de un día de semana.

Los locales cerrados pero con sus luces interiores prendidas, los perros que duermen en ovillo, la gente que de lejos se escucha y se ve venir. A la distancia, uno se la imagina agresiva, fea, triste o curada, pero después hay unos tres segundos para verla realmente, mirarla a los ojos y sacar conclusiones. Yo siempre me pregunto qué hace la gente en la noche a esa hora, un miércoles: adónde van, de dónde vienen, a qué hora se tendrán que levantar mañana.

Una de esas personas era una señora regando el pasto, afuera de su casa. Usaba mucha agua. Me puse a pensar: ¿qué personas riegan a esta hora, 12.35 de la noche? ¿Las que sólo pueden hacerlo a esa hora, las que al momento de acostarse se acordaron, o las que tratan de escaparse de algo, regando y volviendo a regar un pasto perfectamente cuidado? Pasé por su lado, esperando más bien que no me mojara, pero de pronto me preguntó, con una voz tranquila: ¿Por qué tan tarde?

Read more
Calentar un plato, encender la televisión

Si enciendo la tele a las nueve de la noche en un canal nacional, hay una probabilidad altísima de encontrarme con una historia de violencia. Y lo que es peor: de violencia privada. Violencia de personas que por distintas razones, siempre fuera de la ley, pocas veces relacionadas con temas públicos, decidieron solucionar sus problemas con violencia. Casi siempre hay muertos, siempre algún herido.

Read more